1888–1927
Anacleto González Flores

El beato Anacleto González Flores, patrono del laicado católico de México, fue esposo y padre de familia, abogado, maestro y uno de los grandes líderes laicos católicos del México del siglo XX. Conocido afectuosamente como el Maestro, puso sus extraordinarios dones intelectuales al servicio de la formación de los demás en la fe y de la defensa de la libertad religiosa mediante la oración, la educación, la organización y la resistencia cívica pacífica.
Detenido y brutalmente torturado en 1927, se negó a traicionar a sus compañeros y afrontó la muerte perdonando a sus perseguidores. Su martirio coronó una vida en la que la fe, la familia, la formación intelectual, el trabajo profesional y la responsabilidad por la sociedad se habían integrado en una sola vocación cristiana.
Hoy, mientras crece la devoción al beato Anacleto y la esperanza de su canonización mira más allá de México, su testimonio habla de la vocación universal de los laicos cristianos: llevar a Cristo a la vida familiar, la cultura, el trabajo profesional y la sociedad, y permanecer fieles cuando ese testimonio exige un precio.
Anacleto González Flores nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888, en el seno de una familia de recursos modestos. Su juventud estuvo marcada por una transformación religiosa que orientaría el resto de su vida. Hacia 1905, a los diecisiete años, experimentó una conversión decisiva en el contexto de una misión celebrada en Tepatitlán. A partir de entonces comenzó una intensa formación espiritual e intelectual. En 1908 ingresó al Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos, donde destacó por su capacidad intelectual y pedagógica y recibió el sobrenombre de “Maistro Cleto”. Comprendió, sin embargo, que su vocación no era el sacerdocio: la suya sería una vocación propiamente laical, vivida en medio de la cultura, la familia y la sociedad.
Su traslado a Guadalajara lo introdujo en uno de los ambientes católicos más dinámicos del México de comienzos del siglo XX. Durante sus años en la ciudad, Anacleto vivió siempre a corta distancia del templo de San José de Gracia, que se convirtió en uno de los centros fundamentales de su vida espiritual y apostólica. Allí fue admitido en 1913, junto con Miguel Gómez Loza, en la Congregación Mariana de San José de Gracia. Perteneció también a la Tercera Orden Franciscana y posteriormente encontró en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) uno de sus principales campos de apostolado. A apenas tres cuadras de San José de Gracia se encontraba el Instituto de San José, dirigido por los jesuitas, otro importante centro de formación de la juventud católica tapatía. Los jesuitas desempeñaban además un papel fundamental en la dirección espiritual y formación de las Congregaciones Marianas, vinculando la devoción mariana con los Ejercicios Espirituales, la disciplina personal y el apostolado. El Instituto cerraría sus puertas en 1914, en medio de la Revolución, y permanecería cerrado durante seis años. Esta proximidad física ayuda a comprender la densidad del mundo católico en el que Anacleto se formó.
También su formación profesional estuvo entrelazada con este mismo entramado de relaciones. En unas pocas cuadras podían encontrarse así el templo, la Congregación Mariana, el colegio jesuita, la dirección espiritual, los estudios, el despacho profesional, las amistades y las asociaciones católicas. Anacleto no fue simplemente un individuo excepcional que apareció espontáneamente en un momento de crisis: fue también el fruto de una auténtica ecología católica de formación, en la que vida espiritual, formación intelectual, profesión, amistad y apostolado se reforzaban mutuamente.
Anacleto llegó a ser abogado, maestro, periodista, orador, catequista y, sobre todo, formador de hombres. Estudió Derecho y desarrolló una extraordinaria actividad intelectual mediante libros, artículos, periódicos, conferencias, círculos de estudio y enseñanza. Su preocupación no consistía únicamente en defender determinadas posiciones frente al Estado, sino en formar personas: enseñar a los jóvenes a estudiar, argumentar, hablar en público, escribir, organizarse y asumir responsablemente su condición de católicos en la sociedad. Su oratoria alcanzó gran fama en Jalisco y su servicio a la Iglesia fue reconocido por la Santa Sede con la condecoración Pro Ecclesia et Pontifice. En octubre de 1922 contrajo matrimonio con María Concepción Guerrero, con quien tuvo dos hijos. Matrimonio, profesión, apostolado y vida espiritual no constituían para él vocaciones rivales, sino dimensiones de una misma vida laical cristiana.
Esta concepción desembocó necesariamente en la acción social organizada. Anacleto perteneció a la generación del catolicismo social formada bajo el influjo de Rerum Novarum y de las grandes asociaciones católicas de principios del siglo XX. La fe debía producir educación, prensa, asociaciones, solidaridad, formación de dirigentes y participación responsable de los laicos en la vida pública. La defensa de la Iglesia, por tanto, no podía reducirse a esperar la actuación de sacerdotes y obispos: requería un laicado espiritualmente disciplinado, intelectualmente preparado y capaz de crear instituciones. Esta intuición alcanzó su expresión más ambiciosa en la Unión Popular, organización que extendió por Jalisco una red de formación, propaganda, comunicación y movilización social. Según la biografía publicada por la Santa Sede, llegó a reunir decenas de miles de afiliados. Durante buena parte del conflicto, Anacleto insistió en la resistencia pacífica y cívica, recurriendo a la organización popular y a los medios legales y sociales disponibles.
La crisis religiosa de 1926 transformó radicalmente las circunstancias en las que debía actuar. La aplicación de las disposiciones anticlericales durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, la suspensión del culto público y el fracaso de diversas formas de protesta y negociación desembocaron finalmente en el levantamiento armado conocido como la Cristiada. Anacleto había defendido hasta entonces la resistencia no violenta; hacia finales de 1926, una vez agotados a su juicio los recursos civiles y ante la expansión de la rebelión, respaldó la causa de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. La distinción es importante para comprender su figura: Anacleto no fue primordialmente un jefe militar cristero. Fue un dirigente laico, intelectual y organizador cuya estrategia se modificó ante unas circunstancias que consideraba extremas. Durante los primeros meses de 1927 permaneció escondido, redactando boletines y sosteniendo las redes de la resistencia mientras la guerra se extendía por Jalisco.
La madrugada del 1 de abril de 1927 fue capturado en Guadalajara y conducido al Cuartel Colorado. Sus captores buscaban información sobre la resistencia y, entre otras cosas, el paradero del arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Anacleto se negó a proporcionarla y fue sometido a torturas antes de ser ejecutado ese mismo día junto con Jorge y Ramón Vargas González y Luis Padilla Gómez. Los testimonios recogidos posteriormente por la Iglesia subrayan un elemento particularmente significativo de sus últimas horas: frente a quienes lo torturaban y condenaban, respondió con el perdón. Antes de morir manifestó al general Jesús María Ferreira que lo perdonaba y que intercedería por él ante Dios. La trayectoria del polemista, organizador y resistente culminaba así no en el odio hacia sus adversarios, sino en aquello que había estado en el centro de su formación desde el principio: la imitación de Cristo llevada hasta sus últimas consecuencias.
Por ello, el legado de Anacleto González Flores no puede reducirse a los tres años de la Guerra Cristera ni siquiera a su martirio. Fue beatificado en Guadalajara el 20 de noviembre de 2005, junto con otros mártires mexicanos, pero la vida que condujo hasta el 1 de abril de 1927 ayuda a comprender el significado de aquella muerte. Anacleto fue mártir, esposo y padre, abogado, intelectual, maestro, periodista, orador, organizador y formador de jóvenes. Y fue posible, en parte, porque antes de la persecución había existido a su alrededor una densa red de parroquias y templos, congregaciones, jesuitas, ejercicios espirituales, asociaciones, maestros, amistades y espacios profesionales que integraban la fe con la vida cotidiana. Después procuró hacer por otros lo que ese mundo había hecho por él: formar personas y construir comunidades e instituciones capaces de transmitir la fe de una generación a la siguiente. Su historia plantea así una cuestión que trasciende la Cristiada: no solamente cómo defender la fe cuando llega la persecución, sino cómo formar, mucho antes de que llegue una crisis, hombres y mujeres capaces de vivirla, transmitirla y encarnarla en la sociedad.