Dedicado a Guillermo y Marlane, por su magnífica labor en la preservación y transmisión de la memoria de los beatos y mártires mexicanos, todos ellos grandes amantes del Sagrado Corazón de Jesús.
La novena de san José María Robles Hurtado y la obra de la Entronización del Sagrado Corazón del P. Mateo Crawley-Boevey, SS.CC., pueden entenderse como dos concreciones complementarias de una misma tradición espiritual nacida de santa Margarita María de Alacoque. No conviene, sin embargo, colocarlas en una relación directa de dependencia entre sí. Alfred Yenveux, O.M.I., sistematiza en París la doctrina espiritual de santa Margarita María de Alacoque, y su obra circula en castellano gracias a la traducción del P. Luis María Ortiz, S.J., publicada por Razón y Fe en 1910. Robles recibe esta tradición sistematizada y la condensa en una novena breve, ordenada y extraordinariamente portátil. Crawley-Boevey, por su parte, desarrolla la Entronización como una forma concreta de introducir la realeza amorosa del Corazón de Jesús en la vida familiar. Ambos caminos parten, por tanto, de una misma intuición: Cristo debe reinar no de manera abstracta, sino penetrando progresivamente la persona, la familia y, desde ellas, la sociedad.
La novena de Robles concentra especialmente el primer movimiento de esta progresión: el reinado de Cristo en el alma. Su estructura no consiste simplemente en nueve peticiones sucesivas. Es un itinerario de transformación. El Corazón de Jesús aparece como tesoro, barca, prisión, crisol, tumba, escuela, seno paterno, amigo y lugar de abandono. El alma entra en él para ser reformada. El cuarto día expresa con particular fuerza la lógica de todo el texto: «necesitamos morir místicamente, todos los días». No se trata de una negación de la vida natural, sino de una muerte progresiva a la autosuficiencia, a la vanidad, al apego desordenado a las criaturas y, finalmente, a la propia voluntad. El punto de llegada es el abandono: hacer morir la propia voluntad en la voluntad divina. La pedagogía de Robles conduce, por tanto, de la apropiación de uno mismo a la entrega de uno mismo; de la dispersión interior a la unificación en el Corazón de Cristo.
Crawley-Boevey desarrolla de manera especialmente eficaz el segundo movimiento: el reinado de Cristo en la familia. Su texto sobre la Entronización define esta práctica como «el reconocimiento oficial y social de la Realeza amorosa del Corazón de Jesús en una familia cristiana». La imagen es decisiva. Jesús llega al umbral de la casa, pide ser recibido, entra como huésped, es tratado como amigo y finalmente ocupa el lugar de honor como Rey. De ahí la insistencia de Crawley en Betania. El ideal no es una devoción distante, ni una imagen colocada en la pared como mero adorno, sino una verdadera convivencia: Jesús debe ser consultado, amado, reconocido y compartido en la vida ordinaria del hogar. El autor insiste por ello en que la consagración sea una «consagración vivida y no de fórmula». La Entronización no se cumple cuando termina la ceremonia, sino cuando Cristo comienza efectivamente a informar la oración, la educación de los hijos, el sufrimiento, las alegrías, la vida eucarística, la reparación y las decisiones de la familia.
La complementariedad entre ambos textos puede expresarse mediante una imagen sencilla: en Robles, el alma entra en el Corazón de Jesús; en Crawley, Jesús entra en el hogar. El movimiento de Robles es hacia el interior: la persona es atraída al Corazón divino para ser purificada, formada y transformada. El movimiento de Crawley se proyecta hacia fuera: Cristo, conocido y amado personalmente, entra en la casa, ocupa su centro y desde allí comienza a ordenar las relaciones familiares. Ambos movimientos, sin embargo, pertenecen a una sola dinámica. El reinado de Cristo comienza en el alma, se extiende al hogar y, desde la familia, se proyecta sobre la sociedad. Crawley lo formula expresamente cuando presenta la familia cristiana como fundamento de la reconstrucción social: para alcanzar el Reinado Social de Jesucristo es necesario rehacer la sociedad desde sus cimientos, es decir, desde Nazaret y desde la familia profundamente cristiana.
Esta secuencia permite comprender mejor el lenguaje de Cristo Rey en el mundo católico mexicano. El grito «¡Viva Cristo Rey!» no tiene por qué interpretarse como la politización repentina de una devoción previamente privada. En esta tradición, la realeza de Cristo posee desde el principio una lógica expansiva: reinado interior, reinado familiar y reinado social. Primero Cristo debe reinar sobre la persona; después, sobre la familia; finalmente, ese orden interior y doméstico está llamado a irradiarse sobre la sociedad. La novena de Robles y la Entronización de Crawley representan dos momentos especialmente eficaces de esta pedagogía. Una forma al sujeto cristiano; la otra forma el hogar cristiano. Cuando la realeza de Cristo es negada públicamente, el creyente ya ha aprendido a reconocerla interiormente en su voluntad y domésticamente en su familia.
Esta relación adquiere una fuerza particular cuando se considera la persecución religiosa en México. La importancia histórica de estas prácticas no reside solamente en su contenido, sino también en su portabilidad. La novena de Robles concentra una extensa espiritualidad del Sagrado Corazón en unas pocas páginas que pueden ser llevadas consigo, repetidas, memorizadas y rezadas aun cuando la infraestructura normal de formación católica se debilite. No depende de una biblioteca, de una escuela ni de una asociación compleja. Su verdadero lugar es la persona. La Entronización, por su parte, convierte el hogar en un santuario doméstico. Si se cierran escuelas, se dispersan asociaciones o se dificulta el acceso normal a la vida parroquial, permanece todavía la casa cristiana, con la imagen del Sagrado Corazón, la oración familiar, los Primeros Viernes, la Hora Santa y, cuando es posible, la vida eucarística. Crawley llega incluso a establecer una relación entre dos tabernáculos: el del altar y el del hogar.
No conviene afirmar que Robles compusiera originalmente su novena como un manual para la persecución. Su arquitectura espiritual pertenece a una tradición anterior y se nutre profundamente de Alacoque y de la sistematización de Yenveux. Pero precisamente por eso el fenómeno resulta más interesante: una espiritualidad concebida para la santificación ordinaria demostró ser extraordinariamente apta para circunstancias extraordinarias. Cuando Robles vive él mismo la persecución y se aproxima al martirio, el vocabulario de la prisión, el crisol, la tumba, la confianza, la amistad y el abandono adquiere una densidad existencial nueva. La espiritualidad no había sido inventada por la persecución; la persecución reveló hasta qué punto esa espiritualidad había preparado al cristiano para perderlo todo sin perder el centro.
Aquí aparece una diferencia fundamental entre ambos modelos. Crawley necesita todavía un espacio exterior que pueda ser convertido en Betania: la casa. Robles lleva la operación un paso más adentro. Incluso cuando el hogar deja de ser seguro, cuando el sacerdote debe ocultarse o cuando la organización católica visible es perseguida, queda un último santuario que el Estado no puede clausurar fácilmente: la interioridad del creyente transformada en el Corazón de Cristo. De ahí la especial aptitud de la novena para el mundo cristero. Cabe en un bolsillo, pero, más profundamente, cabe en la memoria. Puede acompañar al fugitivo, al combatiente, a la familia desplazada, al sacerdote clandestino y al condenado. La geografía de la devoción ya no depende enteramente de un templo o incluso de una casa: su espacio fundamental es el corazón humano unido al Corazón de Cristo.
Esta diferencia puede expresarse también iconográficamente. Crawley requiere la figura personal de Cristo. La imagen de Pompeo Batoni resulta especialmente apropiada: Jesús aparece como una Persona viva que presenta su Corazón y establece una relación directa con quien lo contempla. Esta imagen encarna admirablemente la lógica de Betania: el Huésped llega, es recibido como Amigo y termina siendo reconocido como Rey. La imagen vinculada a García Moreno, con un lenguaje más explícitamente regio, expresa todavía mejor la prolongación social de esa misma realeza. En Crawley, por tanto, el símbolo central no es simplemente un corazón aislado, sino Cristo mostrando su Corazón. La Persona llama a la puerta y pide hospitalidad.
Para Robles, en cambio, puede resultar más elocuente recuperar la iconografía antigua del Corazón solo, presente en la tradición emblemática de la espiritualidad del Sagrado Corazón: un gran corazón coronado por la cruz, inflamado, rodeado de espinas e irradiando luz. Aquí la ausencia de la figura corporal completa de Cristo no empobrece el símbolo; lo concentra. El Corazón no aparece principalmente como algo que Cristo presenta al creyente, sino como el ámbito espiritual en el que el alma entra para morir a sí misma, ser purificada y transformada en Él. La prisión, el crisol, la tumba y la escuela de la novena pueden entenderse entonces como distintas dimensiones de ese único espacio interior. Si Crawley puede resumirse visualmente como Cristo que entra en la casa, Robles puede representarse como el alma que entra en el Corazón.
Las dos imágenes expresan así dos movimientos inversos y complementarios. En Crawley, Cristo cruza el umbral del hogar; en Robles, el cristiano cruza el umbral del Corazón de Cristo. En uno, el Sagrado Corazón conquista un espacio humano y lo transforma en Betania; en el otro, el ser humano es introducido en el Corazón y transformado desde dentro. El primero hace de la casa un trono; el segundo hace del alma una ofrenda. Y ambos convergen en la misma finalidad: que la soberanía de Cristo deje de ser una afirmación meramente doctrinal y se convierta en una forma concreta de existencia.