Conferencia en Roma
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Fuente: Mateo Crawley-Boevey, SS.CC., Jesús, Rey de Amor, edición preparada por Pablo Cervera Barranco, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2019, pp. 13–25.
Definámosla brevemente: «El reconocimiento oficial y social de la Realeza amorosa del Corazón de Jesús en una familia cristiana». Dicho reconocimiento reviste una forma sensible, a saber: se instala definitiva y solemnemente una imagen del Corazón de Jesús en lugar de honor de la casa, ofrendándole ésta sin reservas por un acto de consagración.
Habló el Dios de infinita misericordia. Y dijo en Paray-le-Monial: «Que siendo Él mismo la fuente de todas las bendiciones, las distribuiría éstas con abundancia dondequiera que se hubiera colocado la imagen de su Corazón, proponiéndose el fin de amarlo y honrarlo».
Y más todavía: «Reinaré a pesar de mis enemigos y de todos cuantos pretendan oponérseme».
La Entronización es, pues, sencillamente la realización, no de esta o aquella de las peticiones hechas por el Salvador a Santa Margarita María, sino la realización completa, integral de todas ellas, provocando así el cumplimiento de las promesas espléndidas con que las enriqueció el Rey de Amor.
Notad que decimos «realización integral» del conjunto de peticiones formuladas en Paray, pues el fin supremo, trascendental, no es, no debe ser el fomentar una de tantas devocioncillas, sino santificar profundamente el hogar, y santificando éste en el espíritu del Sagrado Corazón, convertirlo en el primer trono; trono vivo y social del Rey divino.
En efecto, para transformar y salvar al mundo es de toda necesidad que Navidad, más que una mera fiesta, sea una realidad palpitante y permanente, esto es, que Jesús, el Dios Emmanuel, sea de veras «Dios con nosotros», que habite real y efectivamente entre nosotros, sus hermanos los desterrados, mucho más débiles que malos...
No nos engañemos: para llegar en día más o menos próximo al «Reinado Social de Jesucristo», reconocido y acatado como Rey que impere con derecho soberano en plena sociedad, nos será preciso rehacer la sociedad actual desde sus cimientos, esto es, reedificarla sobre la base de Nazaret, de la familia profundamente cristiana.
Todo pueblo se revela y aquilata según el valor moral de la familia, pues un pueblo fue siempre, en santidad o en corrupción, lo que el hogar. Esta regla no ha sufrido excepción alguna jamás.
Recuerdo, al efecto, lo que un gran convertido me decía: «Padre, no podrá usted nunca exagerar la trascendencia de la Cruzada que predica... Ya se lo he dicho: los Hermanos de la Logia a la que pertenecí tantos años... no persiguen sino una sola cosa, y es descristianizar la familia. Conseguido en parte o del todo este objetivo, ya se podría dejar en posesión de los católicos catedrales, iglesias y capillas. ¡Qué importan estos monumentos de piedra cuando, para pervertir la sociedad, se han adueñado del santuario del hogar!... En la medida en que esta estrategia sectaria tenga éxito, la victoria del infierno será segura. Así he razonado y obrado yo mismo, Padre, cuando estaba afiliado a las huestes de la masonería».
¡Oh!, será siempre tristemente verdadero aquello del Evangelio: «Los hijos de este siglo son más sagaces que los hijos de la luz».
El gran mal, el mal de males de nuestra sociedad actual, es el haber perdido el sentido de lo sobrenatural, de lo divino...; pero ese mal tiene ciertamente un remedio... ¿Cuál? Volver por camino del Evangelio, volver a Nazaret.
El Señor, sapientísimo, quiso fundar la redención del mundo sobre la piedra angular de la Santa Familia; en ella el Verbo, Jesús nuestro Hermano, comenzó su obra redentora... No de otra suerte debemos salvar el mundo moderno: vaciémoslo en el molde, tan sencillo como sublime, de Nazaret.
Cuánto se ha hablado, con elocuencia de discursos y de fotografías, de las devastaciones horrendas de iglesias y templos en lo que fue el inmenso campo de batalla de la Gran Guerra... Catedrales, monasterios, capillas derruidas por la metralla en el vaivén inevitable de ejércitos que entrechocaban.
¡Cuánto más espantosa es la ruina moral de la familia cristiana! Porque el templo por excelencia, y el Sagrario tres veces santo, es el hogar. Las basílicas y catedrales, por artísticas y venerandas que sean, no salvarán al mundo, y sí lo redimirán las familias santas, Nazaret divino.
Ello es lógico; la familia es el manantial de la vida y la primera escuela del niño. De ahí que si se envenena la fuente, perecerá la nación. Lo que pretendemos, pues, en nuestra campaña, es inocular de tal modo profundamente a Jesucristo y la savia de su Amor divino en el hogar, en las raíces mismas de la educación familiar, que el árbol sea, por ende, Jesucristo mismo en flores y frutos.
Ahora bien, la Entronización, bien comprendida, no es en resumen sino Jesús, el Rey de Nazaret, que llega al umbral de las casas en demanda de su puesto: el que de derecho divino le corresponde, el mismo que se le brindaba, en tiempo antiguo, en la villa de Betania...
Puesto de honor el suyo, porque es Rey que en día no lejano, mediante la conquista amorosa de la familia, llegará a reinar sobre el conjunto de ellas —la sociedad—; puesto de intimidad en el seno del hogar, porque quiere ser de veras el Amigo, ya que su dulce soberanía la quiere ejercitar sobre todo por su Corazón mediante el cetro blando que fue siempre el del amor...
Digámoslo en una palabra: la Entronización quiere y debe reproducir la convivencia de aquel Jesús vivo del Evangelio, Dios-Emmanuel, que vuelve a cohabitar en las tiendas de los hijos de los hombres.
¡Ay! ¡Qué poco conocido es Jesús: de ahí que se le ame tan poco!... La mayoría de los que se llaman cristianos le tienen recelos y miedo, y por eso viven a distancia... Si no con los labios, le dicen con las obras: «Quédate, Señor, Tú, en tu Tabernáculo, que nosotros viviremos por nuestra cuenta y razón nuestra vida de familia, sin que Tú te entremetas demasiado íntimamente en ella... No te acerques demasiado, no nos hables, no sea que muramos de miedo...».
¡Así hablaron los judíos a Jehová; así siguen hablando los hijos a su Padre y Pastor! Nos empeñamos en no querer ver en el Salvador Jesús, tan dulce y asequible, tan manso y sencillo, sino al Jehová terrible, que despide relámpagos en el Sinaí, y no al Rey de Amor, «cuyas delicias están en habitar con los hijos de los hombres», que gozó en su vida mortal al alojarse en casa de pecadores, en presidir las bodas de Caná, en mostrarnos, por mil modos encantadores y maravillosos, que el anhelo de su Corazón era convivir nuestra vida tal como es, con todas sus espinas y con todas sus santas alegrías.
¡Alegamos nuestra indignidad! ¡Qué absurdo! ¡Como si hubiera sido digno Zaqueo, cuya curiosidad, y no otra razón, lo puso en camino de su Salvador!... ¡Como si hubieran sido dignas, santas ya, la Cananea, la Samaritana; santo, Simón el Fariseo, y tantos, tantos colegas nuestros de lepra moral, de miseria y ruindad!...
No, ninguno de éstos fue digno; pero creyeron en el amor misericordioso del Maestro y aceptaron con llaneza su condescendencia. ¡Felices desdichados cuya desgracia atrajo y conmovió el Corazón del Salvador! Y por eso, en esas casas y en esas almas, con Jesús entraron la salvación, la paz, la conversión... «Hoy esta casa ha recibido la salud».
¡Oh, pretexto farisaico: el respeto! Ya es atrevimiento e insolencia que cuando el Dios de toda majestad, despojándose del manto de resplandores, nos llama, nos tiende los brazos, nos ofrece su mano..., nosotros pretendamos darle una lección, y alegando respeto nos mantengamos a distancia, como quien le dice: «Acuérdate que eres Dios y Rey, aléjate».
¡Ved, si no, cuántos millares de seudocristianos que a pesar de la Redención pretenden servir al Redentor, estableciendo entre Él y ellos valles, montañas, abismos, y esto siempre por respeto!
El respeto, en sustancia, es un amor y no una etiqueta, al menos con Jesús; por voluntad explícita suya, el respeto no es distancia, ya que Él la suprimió con la Encarnación y en la Eucaristía. Y al suprimirla exigió, sin embargo, una adoración más cumplida y perfecta que la que le rindieron, temblando y a distancia, los judíos...
¡Cuántos cristianos bautizados sólo en la piel, judíos en el alma y que viven de temblor exagerado..., que si Jesús les hablara, si les dijera filioli, «hijitos», amici mei, «amigos míos»..., morirían, no de emoción y de amor, sino de espanto!
En cuanto a mí, dejadme decir y repetir a saciedad: «Cállense en buena hora todos los Moisés y los Profetas... Cállense los hombres cuyas voces, por melifluas que parezcan, me sofocan... Cállense las criaturas-ruiseñores, que mi alma tiene ansias de oírte a Ti, Jesús, sólo a Ti, que tienes palabras de vida eterna y de amor... ¡Déjame oírte para predicarte a Ti, Jesús auténtico, Amor de amores, Hijo del Dios vivo e hijo de María!».
Oídme: detesto mil veces más un jansenista que cien protestantes, y aún más que un descreído.
Recuerdo que un señor que se las daba de católico como el que más, me decía: «¿Yo, Padre, colocar en mi salón un Corazón de Jesús? Jamás. ¡Qué falta de respeto, no faltaba más!».
¿Qué hubiera hecho este católico flamante si hubiese visto con sus ojos al Rey de reyes codeándose con pecadores y buscando, Él mismo, la confianza y la familiaridad de los publicanos y de tanta otra gente, por cierto muy poco recomendable y distinguida?...
¡Qué de veces tales respetos no son sino máscara de respetos humanos..., y también de soberbia!...
¡Como si Aquél a quien los desposados de Caná invitaron a presidir el banquete de bodas no pudiera sentirse honrado en un salón que se dice cristiano! ¿No es Él, por ventura, el Rey de los reyes?...
¡Ah! ¡Cuán tristemente cierto es que, después de veinte siglos de Cristianismo, el Amor no es amado, no es amado, mil veces no! No predicamos bastante el amor de Jesucristo y, sin embargo, esta caridad no es un sentimentalismo enfermizo, ¡ah!, no... ¡Amar es una llama, amar es una vida, y qué vida!...
Y todo esto viene, en parte al menos, de que no se lee ni menos se medita el Evangelio, en el que resalta a cada página un solo anhelo divino: el de la íntima familiaridad con el hombre.
Por ventura, ¿tuvieron miedo de Jesús aquellos pequeñuelos de Galilea que se arrojaban entre sus brazos, que se embelesaban en sus ojos, que descansaban sobre su Corazón? ¡Ah!, cuando, por fuerza, los arrancaban de este nido, qué presto volvían a Él, atraídos, imantados por el pecho del Maestro.
¿Cómo queréis que se le conozca, que se le ame con divina pasión, cuando nuestro cristianismo y nuestra piedad no se basan en su acercamiento e intimidad? ¿Cómo amarle con santa y deliciosa embriaguez, cuando le contemplamos desfigurado y a distancia?
En cambio, «quien oyó tu dulzura ¿qué no tendrá por sordo y desventura?». Fr. Luis de León.
Saboread una escena que me atrevo a llamar evangélica, aunque no la encontremos textualmente en el Evangelio. Intitulémosla «Las cuatro primeras visitas de Jesús a Betania». Si me leéis con el corazón, diréis al terminar y suspirando de amor: «Si no el marco, por lo menos la pintura debe haber sido una dichosa realidad... Algo, y tal vez mucho de ella, debió ocurrir en Betania».
Cuando Jesús llegó por primera vez a Betania, fue recibido por Lázaro y Marta —María era todavía la ovejita errante y extraviada— con cierta reserva, no exenta de legítima curiosidad. Ver de cerca al famoso Nazareno, de cuyos hechos prodigiosos se hablaba en todas partes, besarle la mano, oírle en la intimidad... ¿Quién podrá ser?... ¿Un Rabí? ¿Un Profeta?...
Lázaro y Marta se sintieron halagados ciertamente con tanto honor, pero, al mismo tiempo, les intrigaba mucho tanto personaje... Le oyeron atentos, aunque a cierta distancia. Le juzgaron y admiraron con las inevitables reservas.
Sin embargo, un algo misterioso, inefable, que emanaba de toda su Persona, había secretamente conmovido y conquistado la fibra más delicada de los dos hermanos...
Por esto, ya en el umbral de la casa, embargados por una emoción jamás sentida, y al despedirse de Jesús, los dos a una le dijeron, con voz que temblaba y que traicionaba un amor que ya despertaba: «Maestro, regresa a Betania, no nos olvides».
Y Jesús, con una sonrisa que permitía adivinar un trasunto del cielo de su Corazón, prometió regresar...
Helo en Betania por segunda vez. Es casi una fiesta... Hay flores, hay expectación. Lázaro y Marta están conmovidos al sentir que se acerca a Betania el adorable Nazareno. Están impacientes, salen a esperarle, gozan de veras al verle... El respeto es mucho mayor que en la primera visita, pues despunta ya el amor.
Esta vez no se contentan con escucharle arrobados: hay la bastante confianza para interrogarle... La conversación es casi familiar y tiene ciertos tonos de expansión y de alegría.
«¡Oh, qué sencillo, qué bueno es este Maestro —se dicen—, y qué dulce y avasalladora majestad la suya! Su mirada refresca e ilumina, sus palabras transforman, su Corazón enloquece... ¡Oh, todos los amores de la tierra saben a hiel cuando se han sentido de cerca sus palpitaciones divinas!».
Esta vez, al partir, Lázaro y Marta pudieron apenas reprimir el sollozo que anudaba sus gargantas. Los dos a una, suplicantes, con el corazón en los labios, con sencilla humildad, le dijeron: «Nos será difícil desde hoy acostumbrarnos a vivir sin Ti; vuelve, Señor, considera esta casa como tuya, considéranos... ¡tus amigos!».
Y Jesús, conmovido, les dijo: «Seré yo vuestro Amigo, volveré, ¡oh!, sí, y puesto que me amáis, Betania será el oasis de mi Corazón».
¡Qué explosión de júbilo, qué fiesta de amor fue aquélla cuando Jesús regresó por tercera vez a Betania! Llamémosla ésta la visita y el agasajo de la Entronización.
Con qué impaciencia Lázaro y Marta habían contado los días y las horas; qué languidez, qué soledad insoportable en Betania desde que Jesús les había dicho: «Regresaré, y como Amigo». Ya nadie puede darles paz, ya nadie tiene el don de hacerles sonreír. El único sueño dorado o, mejor dicho, la única realidad es Él... Desde que se despidió, vivían sin vivir, sin corazón... ¡Jesús se los había arrebatado!
Por fin, ¡ahí está, llega el Deseado! Corren desalados a su encuentro, caen a sus pies, besan llorando de dicha las manos divinas... Y en medio de una verdadera ovación de cariño, de ternura, llamándole con santa osadía «Amigo», le introducen ahí donde no se recibe sino al íntimo del hogar...
Luego se acercan sin ningún recelo, le hablan con la santa familiaridad de sus discípulos, conversan con la dichosa intimidad, con el desahogo de quien se siente adivinado, comprendido, amado...
Y Jesús escuchaba, y en cada respuesta, y en cada mirada o sonrisa iba penetrando hasta el fondo del alma de sus amigos...
De repente, en lo más cálido de ese diálogo de celestial intimidad, se hace un silencio... Jesús calla, Lázaro se estrecha más todavía al Maestro y, apoyando su rostro sobre las rodillas del Amigo divino, rompe en un sollozo...
—¿Por qué lloras? —dícele Jesús.
—Tú lo sabes todo —responde Lázaro.
—Sí —replica Jesús—, lo sé todo, pero, puesto que somos de veras amigos, habla, confíame tu alma toda entera...
Y mientras Marta esconde entre sus manos el rostro ruborizado y llora en silencio, Lázaro dice: «Maestro, somos dos, y éramos tres en este hogar... María, nuestra hermana, nos cubre de dolor y de vergüenza, ¡la llaman la Magdalena!... La queremos tanto y es hoy el deshonor de Betania... Jesús, si eres nuestro Amigo, ¡devuélvenosla sana, salva y hermoseada!».
Y Jesús, después de llorar con sus amigos, entrecortada la voz por los sollozos, afirma: «¡Vuestra hermana volverá, vivirá y Betania será feliz!».
Al despedirse esa tarde, ya fuera del umbral, y bendiciendo a sus dos amigos, Jesús repetía: «¡María volverá al redil, amigos queridos, volverá para gloria de mi Padre y mía!».
El Evangelio cuenta lo demás: la resurrección de la pecadora, roto a los pies de Jesús el vaso de alabastro, símbolo de su corazón arrepentido, y con cuyos perfumes preciosos unge los pies y los cabellos de su Redentor.
Y cuando el Señor regresó por cuarta vez donde sus amigos, la primera que salió a recibirlo, cantando el hosanna, fue María Magdalena, la resucitada de Betania; y desde entonces, en ese hogar dichoso, no obstante las espinas, en ese santuario rehecho por el Príncipe de Paz y el Rey de Amor, fueron de nuevo por muchos años los tres inseparables que habían sido.
Pero esta vez el Corazón de Jesús era el centro y lazo de los tres hermanos.
Bien sabía el Señor la pena amarguísima que asolaba ese hogar; con todo, esperó para remediarla que los afligidos lloraran sobre su Corazón y le confiaran su tribulación. Esperó a ser el Rey-Amigo de Betania, y sólo entonces, en pago de amor, de amistad y de confianza, operó el milagro.
Insisto: estas escenas no se encuentran en el Evangelio; mas ¿no es verdad que algo parecido, pero por cierto más hermoso aún, debe haber ocurrido en ese hogar venturoso? ¿No es verdad que así concebís la hermosura de la Entronización?
¿Qué de extraño, pues, que el Rey de Betania, invariable en sus ternuras, ratifique a diario con maravillas y prodigios lo que acabamos de afirmar sobre la confianza de los verdaderos amadores del Corazón de Jesús?
Feliz el hogar que le dice al recibirlo: Mane nobiscum, «quédate con nosotros», y que así diciendo parece cerrar tras de Jesús las puertas, encadenándole para siempre con grillos de amor.
La gran empresa moderna es, pues, la reconstrucción de Nazaret o, si queréis, la reproducción de la familia santa de Betania, el hogar de los verdaderos amigos de Jesús.
Digo Betania, ya que Nazaret, por su sublimidad, será única a través de los siglos, en tanto que Betania la componen criaturas de nuestra talla, vaciadas enteramente en nuestro molde de barro y, por ende, esa casa es del modo y en todo perfectamente imitable.
¡Ah! ¡Y qué de hogares tienen como Betania lo que no podríamos jamás concebir en Nazaret: almas Magdalenas y Lázaros cadáveres, los desventurados pródigos!...
Llamad al Amigo, atendedlo, tratadlo como el Amigo íntimo, y ya veréis cómo su Corazón será piscina milagrosa, y seréis testigos de resurrecciones más portentosas aún que la de Lázaro, y cantaréis conversiones tan prodigiosas y conmovedoras como la de Magdalena.
Por desgracia, Jesús es tratado con mucha frecuencia, aun en hogares que blasonan de cristianos, como un mendigo, como un pobre de solemnidad. Y ahí le tenéis en el umbral de la casa que tanto le necesita, aguardando un albergue de amor, mendigando compasión. Él, ¡Rey de reyes!
Y si a las veces se le recibe aquí y allá, hay más de fórmula en ese recibimiento que no de amor...; no es un amigo, sino un huésped de paso, un extranjero a quien se deben ciertas consideraciones de etiqueta. Y en esos hogares, ¡ay!, tan numerosos, Jesús ha de contentarse con cortesías y migajas. Él, que enloqueció de amor por los mortales!...
Y, sin embargo, el hogar lo necesita tanto, ¡tanto!... Y ningún santuario mejor que éste puede brindarle la adoración del corazón en amable y sencilla intimidad, tal como Él la pide.
Vamos, si no, a cuentas: son contados los momentos del día que podemos consagrar al Señor en los templos, pues por deber de estado debemos vivir nuestra vida corriente, como la Nazarena divina, en el hogar; desgraciadamente, mucha parte de nuestro cristianismo se reduce a los segundos, muy contados, que pasamos en la iglesia, y regresando a nuestras casas, éstas las encontramos vacías de Aquél que debe ser Centro y vida, Amo y Amigo de nuestros hogares.
Error gravísimo, pues no vivimos, no luchamos, no sufrimos y probablemente no moriremos en la iglesia... Vivimos, luchamos, sufrimos y moriremos muy probablemente en nuestras casas...
En ellas, pues, debemos convivir con Aquél que quiere ser Cirineo y compañero del destierro, para ser Rey de Amor y Amigo fiel, no Juez implacable, en el último tribunal.
Ya los paganos mismos habían vislumbrado algo de la necesidad de un Dios a domicilio, e inventaron al efecto sus dioses lares. Mil y mil veces más providente, la Iglesia permitió por mucho tiempo, en la primera etapa, a los cristianos fervorosos el conservar en el seno del hogar la santa Eucaristía.
Pues algo y mucho de esta idea bellísima y consoladora la estamos reviviendo y realizando en estos tiempos aciagos con la «Entronización del Sagrado Corazón en el Hogar».
No, por cierto, que pretendamos poner en parangón el símbolo del amor con el Amor sustancial y vivo que es Él, en la Hostia consagrada, eso no. Pero la Entronización, en su verdadero espíritu, debería ser en buena cuenta un Jesús que vive en el hogar, un Jesús con el cual se consulta y se comparte toda la vida de familia, un Jesús en cuya presencia se canta, se sufre y se muere, convirtiendo su amor en un alma y su Corazón en un Sagrario de los padres y los hijos.
Por otra parte, son grandes e íntimas las relaciones que deben existir siempre entre el culto del Sagrado Corazón y el de la Eucaristía. Y especialmente en esta nuestra Cruzada, íntimo y estrecho debe ser el lazo entre los dos Tabernáculos: el del altar y el del hogar, el eucarístico y el familiar; un solo Rey vivo y el mismo Amigo vivo, el mismo Jesús, en el uno y en el otro, ahí donde se vive y se comprende el espíritu de la Entronización.
Nuestro objetivo, al efecto, es formar millares y millares de familias eucarísticas mediante esta Cruzada. ¡Entonces sí que podemos hablar del Amo, éste será entonces de veras un Rey!
Ya sabéis lo que hace este Soberano de amor en un hogar donde se encuentra realmente en casa propia, como en Nazaret y como en Betania. ¿Lo que Él hace?...
Plagiando la frase de San Juan, podría yo decir que si fuera a escribir lo que he visto o palpado de la misericordia y fidelidad de su Corazón, no cabrían los volúmenes en el mundo entero...
Si hay algo, en efecto, que me pone perplejo en el púlpito, es el elegir los prodigios que deseo referir, ya que no es posible ni siquiera enumerarlos todos.
¡Los hechos! ¡Contra ellos no hay argumentos! Mi única elocuencia es poder decir en toda verdad: ¡He visto caminar a las montañas, he oído cantar a las piedras, es decir, he visto derribados por tierra, de rodillas, llorando de amor, en el camino de Damasco, a tantos Saulos!
Por esto le decía un día a Su Santidad el Papa Benedicto XV: «Santísimo Padre, voy perdiendo la fe en los milagros, pues para creer es preciso no ver..., y yo estoy viendo y palpando milagros todos los días».
El caso corriente es el de una madre, una hija, una esposa que, al hacer con fervor y en su verdadero espíritu la Entronización, han hecho violencia al Señor y le han arrebatado un milagro de su misericordia: la conversión estupenda, y que parecía imposible, de un ser muy querido.
Por ahí tengo entre mis archivos, entre mil trofeos —por no hablar sino de uno—, un diploma en pergamino de un gran francmasón, jefe de Logia, y como él y después de él, ¡sólo Tú, Señor, sabes cuántos son los cogidos en las redes de esta obra!...
¿Queréis todavía un ejemplo más en extremo conmovedor? Se trata de un padre de familia; su esposa reza y sufre por verle convertido... Oye un día un sermón sobre la Entronización, y para sus adentros se dice: «¡Ésta es mi tabla de salvación!». Pero, ¿cómo hacerla en casa, siendo él lo que es, un sectario?
De repente, una idea feliz cruza su mente. Pronto será el día de su cumpleaños, y tanto él como las dos chicas se disponen a festejarlo con cariño. Pues aprovechar ocasión tan oportuna con una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón.
Después de haber preparado el ánimo del marido con oraciones fervorosas y sacrificios, la esposa le aborda y le pide como prueba de cariño para el día de su cumpleaños el que ese mismo día se pueda Entronizar solemnemente al Corazón de Jesús en la casa.
Y con gran sorpresa consiente por darles gusto, pero advirtiendo que él no asistirá... Ya está hecha la primera parte del milagro; pero Jesús no los hace a medias.
Llega el día, se hace la Entronización con mucho amor, con muchas lágrimas; la madre y sus hijitas reclaman el alma del dueño de casa, y prometen, en cambio, amar mucho, mucho, al Amigo fiel de Betania.
Al cabo de un largo rato y cuando todo ha terminado, el marido entra por curiosidad en el salón, levanta los ojos, busca el cuadro que le intriga: ¡ahí está radiante de amor, Jesús, el Rey de su casa!
Baja la vista como deslumbrado, da unos pasos y vuelve a levantar los ojos... Se siente herido de un flechazo, una emoción le embarga... Quiere dominar lo que él cree una impresión de nervios, sale del salón, toma el aire; pero atraído por un imán irresistible, regresa al salón y, a pesar suyo, levanta nuevamente los ojos: ¡ahí está Él, dulce y conquistador, ofreciéndole su Corazón!...
Se le saltan las lágrimas, está todo él conmovido, corre donde su mujer y, atropellando las palabras, le dice: «¿A quién has hecho entrar en esta casa?... Porque, desde hace unas horas, hay alguien en la casa, te lo aseguro... No lo veo, pero lo siento... hay alguien en casa».
La madre llama a las dos nenas, se renueva la gran plegaria, y cuando éstas terminan, papá está de rodillas. Y por la tarde, de regreso de confesarse, Lázaro, resucitado, canta con toda Betania la misericordia del Rey de Amor.
Estos hechos nos sorprenden, nos llaman la atención y, en cierto sentido, no debiera ser así, pues por extraordinarios que nos parezcan, no son sino el cumplimiento fidelísimo de las Promesas que hizo Jesús en beneficio de los amigos y apóstoles de su divino Corazón.
Lo había dicho Él mismo: «Conmoveré los corazones más empedernidos. Pondré la paz en sus familias. Bendeciré todas sus empresas. Les otorgaré todas las gracias propias de su estado. Reinaré por mi Sagrado Corazón».
Si, pues, con estas y otras magníficas Promesas no hubiera milagros en los hogares del Corazón de Jesús, en aquellos verdaderamente suyos, ello sería para mí la desilusión de las desilusiones. Pero ésta jamás me amargará, jamás, porque Dios es fiel, fidelísimo, ¡y Jesús es Dios!
Recibid, pues, a Jesús como a un Rey y como a un Amigo en vuestros hogares. Es Rey, lo dijo Él mismo en tono de sublime majestad ante el cobarde Pilatos, y quiere que todas las familias y luego todas las naciones reconozcan y proclamen su Realeza social.
Os lo pide y exige porque Jesús es Rey por derecho de creación y de redención, derecho absoluto: Jesus Nazarenus, Rex.
Os lo pide como una reparación, como un consuelo para su Corazón. Vedlo: a las puertas de tantas casas ricas o pobres está Jesús, coronado de espinas, con diadema de sangre y de ignominia, con los cabellos húmedos en el rocío de la noche, y os ruega, os suplica que le abráis, que le brindéis un asilo de amor y un trono de gloria en la tempestad desencadenada en contra suya...
Vedlo arrojado de los parlamentos y de los tribunales, expulsado de las leyes y de las escuelas, desterrado de tantos hogares y aun, a veces, de sus mismos templos...
Vedlo como un Peregrino errante, empolvado, triste y desvalido en los caminos desiertos, saciado de oprobios, amargado con el ultraje de los pérfidos ingratos.
Oídlo, golpea con su mano herida y dice: «¡Abridme, soy Jesús, no temáis, soy el Rey de Amor, abridme!...».
¡Pobre Jesucristo!, solía decir San Francisco de Sales: «Tenedle compasión, al menos vosotros que os llamáis sus amigos; dadle un albergue, pues la muchedumbre furiosa le persigue con piedras, gritando a voz en cuello: “¡Quítale, reo es de muerte, crucifícale!... ¡No queremos que Éste reine sobre nosotros!”».
Abridle de par en par las puertas, diciéndole: «¡En cambio, nosotros queremos, y te conjuramos, que reines en esta casa; sé su Rey!».
Y sabedlo: este hospedaje que os pide con divina insistencia será la bendición de bendiciones para vosotros; quiere entrar para vuestro bien...
El que llama a la puerta es el gran Consolador, el único. ¿Y no tenéis, por ventura, lágrimas que endulzar, penas que suavizar? ¿A qué preguntároslo, cuando la sola pregunta reabre, no es verdad, tantas heridas?
¿Quién las vendará? ¿Creéis todavía en el bálsamo de las criaturas? Sabéis que el don de consolar se lo reservó Él, el Hombre-Dios de todos los dolores.
Nadie podrá jamás poner suavidad en aquella llaga abierta en el corazón de esa madre, de esa viuda, de aquella joven que lloran un duelo crudelísimo. Nadie, sino Tú, Jesús.
¡Cuántas iniciativas de compasión para vendar y cicatrizar las heridas del cuerpo! Y qué, ¿no habrá por ventura una Cruz Roja sublime, divina, para las almas hechas jirones?
¡Oh, sí! ¡La Realeza de amor del Corazón de Jesús en el hogar!
Llama con golpes redoblados, insiste: «No tardéis —dice—, porque sé que hay corazones en agonía, desolados; abridme presto, soy Jesús».
Por compasión con vosotros mismos, abridle, y que entre el Cirineo de todas vuestras cruces. Abridle al Amigo del hombre, al único amigo siempre desinteresado y fiel, al Amigo que no cambia, ni traiciona, ni muere. Abridle vuestra Betania, pues jamás es demasiado tarde para el Amigo Jesús.
¡Lástima que tantos sean los que lloran y agonizan lejos de este Amigo!..., porque las lágrimas sin Él envenenan el alma, y las angustias sin Él tienen dejos anticipados de muerte...
Si Él hubiera estado, como dijo Marta, en las horas de amargura, hubiéramos encontrado panales de miel en pleno desierto y flores entre las podas.
Por desgracia, muchos son los cristianos que imaginan que este lenguaje y esta doctrina no son para ellos, que esta dichosa intimidad con el Maestro no es el patrimonio de todos los hijos...
Y es que se nos ha educado en una escuela falsa: la de adorar sin grande amor y a distancia un Dios siempre en lontananza... Y en tal caso —por desgracia, frecuentísimo— nos pasa lo que a los Apóstoles en la visión del lago: tomamos a Jesús por un fantasma.
Ved cómo en esa ocasión sólo Juan, sólo el amigo íntimo, es capaz de ver claro y exclamar: «Es el Señor».
Es de necesidad que en toda familia realmente cristiana se vea siempre a Jesús a un paso y ésta pueda así contemplarle y saborearle en toda su hermosura. ¿No es, por ventura, así como se conocen y se compenetran las almas en la familia?
Ese roce, ese acercamiento produce la intimidad de los corazones, y de ahí el lazo tan fuerte del hogar. Pues otro tanto debiera ocurrir con este Padre y con este Hermano divino.
Tanto más, cuanto que no viene sólo ni principalmente a suavizar heridas, consolando, sino que os trae la salvación y la vida.
Y aunque fuerais muy buenos, y aun santos, necesitáis todos del manantial que es su Corazón. Cuando le hayáis entronizado en espíritu y en verdad, ya veréis, por amable experiencia, cómo se desborda y cómo os colma su divino Corazón.
Toda esta doctrina de vida tiene un preámbulo sensible, una portada grave y poética; digamos, pues, unas palabras sobre la sencilla y hermosa ceremonia.
Elíjase una imagen en lo posible rica y artística; se la coloca en lugar de honor de la casa, ya que, tras de ese lábaro, viene oculto a tomar posesión del hogar el Rey Divino y a quedarse definitivamente como el Amigo adorable.
Aquí debo decir que la fe viva y el amor de las almas darán a esta Entronización el carácter de espontaneidad que le corresponde, pues no se trata, por cierto, de una etiqueta ceremoniosa y fría.
Reúnanse en esa hora solemne los padres y los hijos, que nadie falte en el hogar querido; y si se quiere, invítense amigos íntimos y allegados que formen la corte y que aprendan una lección de adoración social.
Luego, ahí, ante la imagen, adornada con flores y luces, un sacerdote amigo, posiblemente el párroco, dirá dos palabras explicando el acto y bendecirá según el Ritual la imagen.
En seguida todos a una voz rezan el Credo, expresión de la fe del hogar que es cristiano, pero que promete conservar vivas las tradiciones católicas de sus antepasados. Siempre de rodillas, dicen todos en coro las oraciones del Ceremonial, luego la plegaria dedicada por los ausentes y los fallecidos de la familia y el Acto de Consagración final.
Pero observad que si digo Consagración, no limitamos a ella la piadosa ceremonia, pues en la Entronización hay, además, el reconocimiento y la aclamación social a la Realeza Divina de Nuestro Señor; hay el hosanna de amor y reparación, el Ave Rex de la familia, de la Patria pequeñita, en nombre de la Patria grande, la nación.
Por esto decimos entronizar.
Y cabalmente, porque al «entronizar» recibís al Rey de reyes, desplegad la pompa que podáis, que Jesús no pueda haceros el reproche que hizo a Simón, cuando le dijo: «Yo entré en tu casa; y no me has ofrecido agua para mis pies... Tú no me has dado el ósculo de paz... Tú no has ungido con óleo mi cabeza...».
¡Cuidado con merecer tan triste reproche! Cosa curiosa, inexplicable: no recibiríais un personaje, un general victorioso, un legado del Papa sino con gran honor y despliegue de solemnidad; pero llegará Jesús... y porque calla y es la humildad misma, le recibís en la salita de tercer orden, y con un desabrimiento que lastima seguramente su Corazón.
Recibidlo regiamente, como Rey que es, como si lo vierais bajando del Tabor. ¡Para Él, sólo para Él, el puesto de honor!
La fe lánguida y el desamor saben inventar extraños razonamientos sobre la inconveniencia de recibir a este Soberano ahí donde se recibiría... al Obispo, al Rey, y en el fondo, ¡claro!, no hay más argumento que el de una timidez y... el justo temor de lo que ese Señor exige, en decoro cristiano, en presencia suya.
Él puede y debe presidirlo todo..., y lo que no se pueda decir y hacer en su presencia, pues no hacerlo ni decirlo detrás de Él, ni en la casa, ni en la calle...
Désele sitial de honor, el primer puesto, el más honroso de la casa; si hay gran salón, en él. Reparad así el ultraje de Herodes, el de tantos grandes y potentados que lo relegan a las sombras, a la trastienda y peor...
Oíd sobre este tema a Santa Margarita María: «Desea entrar con pompa y magnificencia en la morada de los príncipes y reyes, para que ahí se le rinda tanto honor cuanto se le ultrajó y humilló en su Pasión».
Pero Jesús quiere reinar también entre los pequeñitos, los pobres y los sencillos.
Vedlo cómo retorna en medio de sus amigos preferidos, los humildes, humildísimo Él mismo, despojado de todo aparato de grandeza y majestad, sin más poderío que el de sus llagas, sin más tesoro que el de su Corazón.
Vedlo llamando a la puerta de una choza, de una casita de obrero. Él, el Nazareno obrero, hijo del pueblo, nacido en un establo.
«Abridme —dice—, abridme presto, que Yo he conocido como vosotros, hermanos queridísimos, la incertidumbre sombría del mañana, los afanes y las asperezas de los pobres, que quise nacer y vivir pobre por amor».
De ahí su anhelo vehemente de que los sencillos, los obreros, los pobres le entronicen como Soberano de amor y de ternura en sus casitas, donde todo le recuerda los treinta años dichosos de Nazaret.
Nadie jamás amó al pueblo como Jesús, hijo adoptivo del carpintero José; de ahí sus ansias de conquistarle por su Corazón para hacerle feliz en su caridad.
Quiere que esa multitud, de la cual tuvo compasión y para la cual multiplicó los panes y los peces, sepa cuán distinto es sufrir, trabajar y penar, teniéndole a Él como compensación de justicia en sus privaciones, y como Dios consolador en sus penalidades.
¡Oh! ¡Entronizadlo entre los pobres, sus amigos, a Él, el pobre de Nazaret!
¡Qué de dulzuras debe saborear más de una vez Jesús en una casita humilde, sentado a la mesa muy frugal de unos sencillos obreros, rodeado como en tiempo antiguo de los nenes que tienen hambre, de los padres que necesitan trabajo y consuelo!...
Casita dichosa, porque convertida en palacio del Rey del Paraíso, Él hará comprender a esos sencillos por qué dijo: «Bienaventurados los pobres y los que lloran». Él les hará comprender que el único tesoro inefable es Él, en su Corazón.
La Entronización predica, como lo hemos visto, un verdadero homenaje de adoración social, de vasallaje familiar a Cristo-Rey. Dicho homenaje tiene, hoy más que nunca, una importancia capital, dado que el delito moderno es el de apostasía social y nacional.
No podemos, pues, exagerar la trascendencia cristiana de fe y de reparación que entraña el título sugestivo y toda la obra de la «Entronización».
Pero, entendámonos: este homenaje, por hermoso y elocuente que sea, no constituye ni todo el espíritu, ni el único programa de nuestra Cruzada. Este «entronizar» debe ser el gesto inicial de una nueva vida, mucho más íntima en fe, mucho más ardiente en caridad, en el hogar que aclama al Corazón de Jesús como su Rey de Amor.
De ahí, pues, que supongamos ante todo que la consagración hecha sea una consagración vivida y no de fórmula.
Vivida quiere decir que, por fuerza de un gran espíritu sobrenatural y cristiano, el dichoso hogar llega, poco a poco, a convertir al Corazón de Jesús en alma divina de la familia, cuya única ley es la del Evangelio, y cuya única dicha es hacer la voluntad del Amo de casa.
Esto supone una «convivencia», o sea un compartir la vida de familia con aquel Jesús a quien se le ha ofrecido un trono, precisamente para que se quede y cohabite con sus amigos, bendiciéndolo todo en la casa, todo, la aurora que se levanta sobre las cunas, como el crepúsculo que envuelve ya a los que bajan la pendiente de la vida...
¡Oh, qué bien se vive y se lucha; qué bien se canta llorando, cuando en el centro del hogar querido Jesús lo preside, lo vivifica, lo hermosea todo como Amigo, como Confidente, como Rey!...
En esa casa venturosa no hay derecho a gozar, ni a sufrir, sin que Jesús tenga su parte, la que Él mismo reclamó al pedir, no para una hora, sino para la vida, el hospedaje de Betania...
Desde que Él entró, todo es noble, todo es santo en esa Betania envidiable; las penas, porque Él las santificó, anidándolas en su Corazón, y las alegrías, porque Él las purificó y divinizó en sus propias sonrisas.
En una palabra: Jesús vive realmente en ese hogar, y la familia vive de Él y con Él; ni ellos podrían gozar estando Él ausente, ni Él consentiría que ellos lloraran, sino bebiendo Él la parte más amarga de su cáliz.
Por desgracia, no se concibe así ordinariamente la vida cristiana de un hogar. Las fórmulas lo han invadido todo, ¡ay!..., lo suplen todo.
No faltan casas más o menos devotas, pero son raras las familias amantes, donde de veras reside un Jesús vivo y vivido. No faltan ciertos rezos, pero falta el corazón; falta vida divina.
Esto es cabalmente lo que la Entronización, bien comprendida, quiere dar a muchos hogares de buena voluntad.
Esto me recuerda una escena en el palacio episcopal de Bolonia. Acababa de predicar la Entronización y su espíritu a un grupo numeroso y distinguido de señoras; estaba ya para bajar del estrado, cuando el Arzobispo me dice:
«Padre, aguarde usted un instante; óigame usted, el Predicador. Nos acaba usted de predicar una gran verdad; déjeme, pues, poner yo el final, el amén. En las grandes festividades, mi catedral y las iglesias se llenan con un gentío enorme, y esto no obstante, no veo que mi pueblo mejore y se vuelva más sinceramente cristiano.
»Y esto se debe a aquello que usted acaba de decir: mucha es la gente que hace de su cristianismo una fórmula de iglesia, una etiqueta religiosa, como es o puede ser la asistencia a ciertos cultos. Pero, en regresando al hogar, no encuentran en él a Jesús; este Señor no informa la vida de familia, la casa está lejos de ser un Tabernáculo, y éste es el pecado capital del elemento católico: muchas fórmulas religiosas y poca vida intensamente cristiana en la familia. Falta el Hogar-Betania».
Y ahora dejadme diluir esta misma idea y confirmarla gráficamente en una serie de hechos bellísimos que, a la vez que son interesantes, sabrán explicaros, mejor que las disertaciones, lo que entiendo por el Corazón de Jesús Rey y centro, alma divina, Amigo vivo del hogar.
El hecho que voy a referir ocurrió en plena guerra.
Recibe un día la madre, mujer admirable de fe, un telegrama oficial en que se le da parte de la muerte en el campo de batalla del hijo mayor. Le da un vuelco el corazón dentro del pecho; pero, dominando los sollozos, corre al salón y coloca a los pies del Rey de Amor el telegrama..., y luego, con serenidad, llama a sus pequeñitos y a la servidumbre y hace arreglar el trono del Divino Corazón.
Ella misma ayuda a colocar ramos de flores, candelabros... Cuando el altar está ya resplandeciente, pide a todos canten con ella, y ella empieza.
Después del cántico: «Conmigo —dice—, recemos todos el Credo». Y en seguida el acto solemne de Consagración.
Sólo entonces, cuando el hogar ha presentado armas al Rey, que acaba de hacer acto sensible de presencia en ese gran dolor, la señora coge el telegrama y lo lee a los hermanitos:
«Vuestro hermano —dice sollozando— ha partido al cielo entre los brazos de este Rey... Hágase su voluntad. ¡Viva su Sagrado Corazón! ¡Venga a nos su reino!».
Entonces, sí, sollozan todos, pero en paz, entre los brazos de Jesús, sobre su Corazón...
¡Éste no es dolor de carne y sangre, éste es dolor glorioso y meritorio, esto es sufrir amando; así gimió Betania con Jesús, así lloró Jesús con Betania!
Un cuadro muy distinto ahora y en el fondo la misma idea: el día de la distribución de premios regresan a la casa los seis chicos, como otros tantos guerreros, cargados de laureles, medallas, libros, diplomas...
Entran ufanos y se dirigen en el acto al cuarto de papá, del cual esperan, con razón, parabienes y... regalos.
«No —dice éste viéndolos entrar—, no vengáis primero aquí, seguidme».
Llegan al salón, están ya ante la imagen del Rey entronizado...
«Ahora —dice él—, uno por uno iréis depositando los premios ante ese Amo divino y, besándole los pies, le diréis: “¡Te amamos, venga a nos tu reino!”».
Los seis niños han obedecido, y con gusto; luego han recitado con papá un acto de Consagración.
Terminado éste: «Ahora sí —dice—, venga un abrazo, y vamos luego donde vuestra madre, que goce ella también; pero no olvidéis que en este hogar el único que manda y a quien no se debe jamás olvidar, ni en penas ni en alegrías, es el Corazón de Jesús».
Algo más conmovedor todavía.
Bendije un día el matrimonio de dos pobrecitos, y me pidieron que entronizase el mismo día al Rey de Amor en... su tugurio:
«Prometedme —les dije— que trataréis a Jesús como a un Amigo, como si le vierais... Su Corazón os hará felices, a pesar de las penas, que no faltarán».
Pocos años más tarde viene el pobre joven a llamarme: «Mi mujercita se muere», me dice.
En efecto, está ya gravísima, pero en paz respira una calma deliciosa, inmensa. Y como ella, él. ¡Y se querían tanto!
Lo único rico de aquella casita de miseria era el cuadro del Corazón de Jesús que yo les había regalado y entronizado el día de su casamiento.
Después de confesarla, sorprendido al respirar en hora tan amarga una paz del cielo, quiero averiguar lo que allí pasa, y acercándome a la enfermita, que muere en un mísero jergón colocado en la tierra, le digo:
«A ver, hija mía, dígame con toda verdad antes de irse al cielo, respóndame: ¿Ha sido usted desgraciada desde su matrimonio?».
Abriendo entonces tamaños ojos, con aire de gran sorpresa e incorporándose un tanto, me dice:
«¡Cómo!, ¿usted que bendijo nuestro matrimonio, y que nos confió ese día al Rey Jesús, que nos lo trajo como un Amigo a esta casita, usted me pregunta si con Él he sido desgraciada?... ¿Desgraciada? ¡Padre..., ni por un segundo! Hemos sufrido, sí; hemos luchado, sí; eso es una cosa, lo inevitable...; pero ¿desgraciados con Jesús, Rey y Amigo de estos pobrecitos, de esta casita? ¡Jamás, jamás!».
Y luego, cogiendo por la mano al joven marido, le dice: «Y tú, ¿qué dices? ¿Has sido desgraciado?».
Y él, sollozando, pero con voz que es casi un cántico del alma, responde:
«Padre, hemos luchado mucho, ésa es la vida; pero como lo dice ella, con Jesús nuestro Amigo hemos sido tan felices, ¡tanto! Él es el Amo, viene a llevársela; pero pronto bajará también por mí, y luego, allá arriba, en el cielo, juntos y felices con Él, como fuimos dichosos con Él en esta casita!...».
Esta sublimidad de ideas y hasta de expresión no necesita glosa alguna. Esos dos pobrecitos habían comprendido y vivido maravillosamente la idea y el espíritu de la Entronización.
Hicieron de Jesús en aquel rincón de miseria el Rey y el Amigo inseparable, su Dios y su todo. Estos dos sencillos ignorantes supieron más del Evangelio que muchísimos devotos letrados... En ese tugurio vivieron siempre tres: Jesús y sus dos amigos íntimos.
Saboread ahora una cartita de una pobre campesina:
«Padre, desde que he hecho la Entronización en esta pobre choza, me considero la “inquilina” de Jesús, ya que ese día se lo he regalado todo, todo: mis flores, mis aves, mi viejo, todo es suyo. Desde entonces vivo alojada en el Palacio del Rey... Su Corazón ha aceptado mi ofrenda, pues Él ha cambiado completamente desde ese día mi vida... Ya no vivimos nosotros, sino todos en Él y para Él».
Como aquella otra pobre sirvienta, cuya historia he contado con frecuencia en el púlpito. Me escribe:
«Quince días después de sus Conferencias sobre la Entronización me he casado. Le escribo estas líneas el día de mi casamiento, al terminar la comida, que los ricos llaman el banquete de bodas... Nosotros, pobres, hemos invitado al Amigo Divino de quien usted nos ha hablado tanto, Aquél a quien invitaron en Caná, y con mi marido hemos hecho, en esta hora solemne, la Entronización, pidiéndole, como usted decía, que sea el Amo y el Amigo, no de una hora, sino de toda la vida... Padre, bendíganos y confirme nuestra consagración. El Sagrado Corazón será, ¡oh, sí!, el único Rey y Amigo en penas y alegrías, nuestra casita será suya y Él será nuestro».
No podría reproducir aquí toda la carta, escrita con lápiz y con muchas faltas de ortografía, pero maravillosa de doctrina.
¿Sabéis qué hice de ella? Pues se la mandé a Su Santidad Benedicto XV, diciéndole: «Vea Vuestra Santidad cómo una pobre sirvienta es capaz de comprender y realizar todo el Evangelio que Vuestra Santidad me ha encargado predicar».
Y estoy cierto que el gran Papa, al leer aquel papelucho, sonrió de alegría y probablemente lloró de emoción.
Un último rasgo conmovedor y elocuentísimo. Que Jesús os lo comente.
El dueño de casa de una nobilísima familia, gran cristiano, ha resuelto hacer la Entronización un viernes. Pero el Señor ha dispuesto de muy diversa manera: cae repentina y gravemente enfermo y el miércoles era ya cadáver.
Pero antes de morir ha declarado a su esposa que no quiere salir de su casa en dirección al cementerio sin que el vacío que él deja lo llene el Corazón de Jesús:
«Él ha de ser, más que nunca —dice—, desde este duelo, el Amo y el todo de mi hogar».
Ha llegado el momento crudelísimo de la suprema despedida; los amigos íntimos, que llenan el salón, van a levantar ya el ataúd y sacarlo de la casa, cuando con sorpresa de todos se presenta la viuda, rodeada de sus hijos:
«Un momento, señores —dice ella con voz que tiembla—. No os lo llevéis todavía...».
Se adelanta, llevando en marco precioso una imagen del Rey de Amor. La coloca sobre el ataúd, y luego, sollozando, dice:
«Su última voluntad fue que no se le llevase al cementerio sin haber hecho antes la Entronización... Señores, y vosotros, hijitos míos, rezad conmigo».
Y esto diciendo, reza el Credo y las oraciones del Ceremonial con todos los suyos.
Terminada la plegaria sublime, dice entre sollozos:
«Señores, ahora sí podéis llevaros el cadáver, que Él se queda entre nosotros; ¡en el Corazón de Jesús!».
¡Qué bien se sufre, qué santa y apaciblemente se llora con Él en casa!
Llego en una noche fatídica, momentos después de un horrendo terremoto, ante las ruinas de una casa que yo conocía mucho.
Tranquilos en pleno naufragio, rodeados de escombros, de ruinas humeantes, y temblando todavía la tierra, están ellos, los amigos del Rey...
«Padre —me dice la madre—, todo ha perecido en el cataclismo, todo, menos Betania y la paz y la dicha de que usted nos habló al hacer la Entronización... Betania no muere, porque su alma, su paz y su dicha es Jesús».
Huelga añadir que si con ese espíritu habéis hecho la Entronización en vuestras casas, no debéis olvidar las varias y hermosísimas peticiones del Señor, hechas a los amigos de su Corazón, peticiones a las cuales ha querido añadir magníficas promesas.
Entre otras, no olvidéis la celebración amorosa y solemne de los Primeros Viernes y las prácticas de la Comunión muy frecuente, en espíritu de cumplida reparación, y la de la Hora Santa.
Y, en fin, la fiesta, hermosa como ninguna, del Corazón de Jesús; fiesta que celebraréis el mismo viernes con una Comunión muy fervorosa por la mañana. Y por la tarde celebradla como fiesta íntima del hogar.
Sobre todo, si hubiera niños, ¡oh!, hacedles entrar por los ojos y con caramelos y regalos la importancia y belleza de esta fiesta de amor.
Es preciso que por este medio el Corazón de Jesús llegue a ser, entre los católicos fervorosos, una verdadera tradición de familia; unid en santo regocijo el altar y el hogar en este viernes, el más santo y hermoso del año.
Y en hora oportuna, la familia toda reunida, renovad ante la imagen del Sagrado Corazón el homenaje de la Entronización.
Termino recordándoos que el Papa quiere que esta Obra, que él llama providencial, viva, se organice y desarrolle. El Vicario de Cristo la considera urgente y trascendental, pues la Entronización debe llegar a unir en un solo manantial la fuente de vida natural, el hogar, con el Corazón de Cristo, fuente inagotable de gracia y de vida divina.
Realicemos generosamente las peticiones del Maestro formuladas en Paray, y Él realizará, con sobreabundancia de misericordia, sus divinas e inefables promesas.
Extractos y resúmenes de las publicaciones aparecidas en los folletos de Orléans, Poitiers, Sept-Pons, Lyon, Perpiñán, Le Puy y de algunos manuscritos.